Personajes

1886
FEBRERO
22
LUNES

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Nace José Mariani

"El Loco Ford"

Fuente: Raúl Alfredo Severini  

de "Historia y Recuerdos"  

Centenario del Paraje San Francisco  

Editado el 12 de Noviembre de 1990  

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Los Caminantes

San Francisco era el paso obligado de todos los caminantes, si éstos se dirigían de Los
Toldos a Carlos María Naón, a El Tejar, San Emilio o cualquier pueblo vecino. Mi mente
de niño no podía entender cómo transcurrían sus días siempre a la intemperie, con 
fuertes heladas, intensas lluvias o agobiante calor. Sólo con unas bolsas de arpillera, 
que les servían para guardar sus pocas pertenencias y de abrigo en las noches frías.
He visto cientos de estos caminantes en mi infancia, ya que nuestra casa estaba a
orillas del camino. Recuerdo la temerosa curiosidad que teníamos de niños con mis
hermanos, por estos solitarios viajeros. Cuando alguno de los tres divisaba a alguien 
con su pesada carga, lo anunciaba rápidamente: "¡Un croto...!, ¡viene un croto...!". 
Entonces corríamos al interior del salón del almacén, entrecerrábamos los postigos, 
y por una hendija mirábamos a este misterioso y enigmático personaje. 
Cuando éste se detenía, eran nuestros padres los que los  atendían, pero nosotros 
íbamos tras ellos para satisfacer nuestra curiosidad.
Lo primero que un caminante pedía era agua, extendiendo un jarro o lata muy tiznada 
por el fuego de leña. Cuando el dueño de casa complacía su primer pedido, se
animaba a pedir algo para comer. Y si éste era correspondido amablemente solicitaba
permiso para descansar cerca de la casa o pasar la noche en algún galpón. Sobre todo
si ésta se presentaba muy fría o con amenaza de lluvia.
Algunos inspiraban confianza por su sencillez y humildad. Otras eran de pocas palabras
o incoherentes en su conversación. Tal vez la soledad y la marginación era la causa de
ello. Otros tenían la mirada perdida.
Pocas veces respondía a las preguntas. Pero los había también charlatanes, y 
mentirosos. Recuerdo que una vez llegó uno por la mañana a nuestra casa.
Era conversador y decía conocer todos los oficios. Pero al parecer, ninguno le 
agradaba.  Al poco rato mis hermanos y yo estábamos sentados junto a él, escuchando
sus relatos de grandes hazañas. Después del mediodía nos contó que tenía un 
procedimiento especial para cargar las pilas. En pocos minutos, nuestra curiosidad e 
inocencia nos llevó a buscar pilas usadas o ya agotadas, para que este genio de
linyera nos demostrara sus conocimientos por sólo cinco centavos cada pila. Pese a la
insistencia de nuestros padres de que este inventor era un mentiroso, le llevamos las 
pilas. Este las mojó con un líquido azul al cual llamaba "terpatina", que no dejó de ser 
simple alcohol de quemar. Luego, unos minutos al sol y: ¡Ya está!. Lo que recuerdo muy 
bien fue que ese día quedamos con veinte centavos menos de los que teníamos 
guardados para la libreta de AHORRO POSTAL. Las pilas volvieron al pozo de la basura.
Pero hubo un caminante que fue el más conocido y querido en la zona: se llamaba José
Mariani. Nadie lo conocía por su verdadera identidad, sino por "Ford". Seudónimo que
le habían adjudicado porque construía sus calzados con cubiertas de automóviles.
Estos eran en forma de sandalias y dejaban la banda de rodamiento marcada en los
caminos arenosos por donde pasaba.
Mariani había nacido en Italia, el 22 de Febrero de 1886. Llegado a nuestro país se
radicó en Quemú Quemú, provincia de La Pampa, como otros tantos inmigrantes 
italianos. Pero las grandes sequías de esa provincia, hacían casi improducibles los 
arenosos campos y obligaban a los recién llegados a buscar otras tierras para cultivar. 
Así fue que años más tarde llegó a Bragado. Compró una quinta y se dedicó a levantar
caminos en la zona tan sólo con un arado mancera y una pala de buey. Con lo que
ganaba le alcanzaba para vivir. Hasta que se le agudizó una demencia progresiva, Le
hizo perder la quinta y herramientas. Así fue como se echó a andar por los caminos,
con dos bolsas de arpillera sobre los hombros, llevando sus pertenencias. Caminaba
encorvado con pasos cortitos y muchas veces cruzaba los campos porque decía que la
policía lo perseguía. Pero solamente era fruto de su discapacidad.
Había algo más que caracterizaba a Ford: eran sus telecomunicaciones con el 
gobernante que estuviera en el poder, o con quien deseara el dueño de la casa, donde
se encontraba descansando. Para ello utilizaba medios muy propios de su imaginación
alterada. Conectaba un retorcido cable que hacía las veces de antena en los tendederos
que se usan en el campo para secar ropa: un largo alambre atado en los extremos a 
dos palos o árboles. Con esta improvisada antena y una bocina de fonógrafo, iniciaba 
su largo tragicómico monólogo, donde hacía sus pedidos o enviaba tratamientos para 
curar todo tipo de enfermedades con remedios creados por él. Recomendaba 
prepararlos con sangre de peludo macho y bosta de toro negro.
Este seudo farmacólogo naturista y adelantado en telecomunicaciones, pasó varios años
por San Francisco.